Una visión diferente del liberalismo clásico

 

Por Jeffrey A. Tucker. (Publicado el 2 de agosto de 2010)

Hace cuarenta años, el historiador Ralph Raico completó su tesis bajo la dirección de F.A. Hayek en la Universidad de Chicago. Su título oculta su poder e importancia: The Place of Religion in the Liberal Philosophy of Constant, Tocqueville, and Lord Acton. Ha sido publicada por primera vez por el Instituto Mises y no sólo para honrar a un gran historiador y pensador. La investigación que contiene resulta ser una importante contribución a la vida pública intelectual de los Estados Unidos de su tiempo. El asunto del que se ocupa (la revelación de una forma diferente de liberalismo temprano) tiene también implicaciones es nuestra propia época.

Remontémonos un poco en el tiempo y entendamos las discusiones que bullían en la década de 1960. La Guerra Fría estaba en plena ebullición. El conservadurismo, para el que la había desaparecido la defensa de la libre empresa después de la Segunda Guerra Mundial, ya había sido redefinido (o incluso definido) por medio de National Review para significar el apoyo al estado militar de EEUU en su lucha a vida o muerte con el comunismo extranjero. Aunque los jóvenes de hoy en día no saben prácticamente nada acerca de todo este periodo de la cultura política estadounidense, consumía todo el tiempo de casi todos los que vivieron entre 1955 y 1990.

Como explicó Murray Rothbard en Betrayal of the American Right, los conservadores declaraban estar a favor de la libertad, pero lo que realmente unía a las tropas era el asunto de la guerra contra Rusia y sus estados satélites. Aparecieron bibliotecas enteras de libros pretendiendo exponer la terrible amenaza soviética (fue mucho antes de que se conociera abiertamente la patética pobreza de estos países) y el objetivo de recortar el estado a favor de la libertad se quedó en el asiento trasero mientras los conservadores reunían a las tropas para una escalada nuclear y una acumulación militar aparentemente sin fin.

En ese momento había tres posturas políticas en competencia con la opinión conservadora. Estaban los demócratas belicistas, que constantemente favorecían la escalada militar y el aparato planificador keynesiano con un estado del bienestar en el interior. Estaba por supuesto la posición socialista de izquierdas, a favor de la expansión del estado de bienestar más la nacionalización de la industria, al tiempo que se oponía a la Guerra Fría, aunque era fácil tener la impresión de que este grupo no sólo estaba contra la guerra sino a favor del triunfo soviético. Por esta razón, a este grupo se le tachaba de antiestadounidense.

Para los verdaderos intelectuales, la gente que se oponía coherentemente al estatismo en todas sus formas, estaba el nuevo libertarismo creado por Murray Rothbard. Junto con sus seguidores, se oponía por igual al estado del bienestar de la izquierda como al belicismo de la derecha y defendían en su lugar una recuperación del viejo liberalismo de los jeffersonianos, potenciado enormemente por un riguroso aparato intelectual. Este conjunto resultó ser muy atractivo para el grupo inteligente que rechazaba tanto el nacionalismo ignorante como el belicismo ingenuo.

Este libertarismo probó ser un competidor factible del conservadurismo. En cada generación, los no izquierdistas serios sienten la necesidad de cambiar de bando. ¿Irían en dirección al conservadurismo o adoptarían el libertarismo radical de los rothbardianos y evitarían al estado y sus obras? Muchos estudiantes de entonces, opuestos a la Guerra del Vietnam y preocupados por el crecimiento del Leviatán en todas las áreas de la vida, optaron por el libertarismo.

Ése era el campo de batalla que afrontaba Raico a finales de la década de 1960. La discusión entre conservadores y libertarios era fundamentalmente acerca de la Guerra Civil, pero no era el único objeto de discusión. En cambio, los conservadores llegaron a caracterizar a los libertarios no sólo como equivocados estratégicamente sino como corruptos filosóficamente. ¿Y por qué? Porque habían heredado el secularismo, el anticlericalismo, la inmoralidad esencial y el antinomismo de la vieja escuela liberal de la Ilustración (una palabra que había que decir con aire despectivo).

Veréis, decían los conservadores, los libertarios imaginan un mundo de individualismo autónomo en el que la gente se mueve y hace lo que le da la gana, libre de las trabas de la religión y la moralidad y éste, creen, es el verdadero fin de la existencia. ¡La libertad y nada más es su grito de guerra! Los conservadores intentaban pintar así a los libertarios, con la brocha gorda de la generación hippy marginada, un sector de la Nueva Izquierda que hablaba vagamente de libertad al tiempo que rechazaba toda forma de autoridad social.

¿Era correcta la crítica? ¿Estaban verdaderamente los liberales de los siglos XVIII y XIX presagiando los hippies de la década de 1960 y necesitaban por tanto la fuerza correctora del conservadurismo para añadir la piedad y la apreciación de la tradición a su amor por la libertad?

La pequeña parte de verdad en este caso es que el antiguo partido liberal había aparecido en la edad de la Ilustración, cuando la libertad no sólo era algo que existía en ausencia del arrogante estado: era algo que requería eliminar los grilletes de la tradición, del control eclesiástico, de los límites morales impuestos por supersticiones del pasado.

Hasta cierto punto, esta tendencia en el viejo liberalismo encuentra su justificación en la relación demasiado cercana entre iglesia y estado en los antiguos regímenes de Europa; los liberales creían que debían ser combatidos ambos en nombre de los derechos de los individuos. Pero en otros casos hubo errores genuinos, como pasó con John Stuart Mill, quien por su parte imaginaba que la autoridad social era una amenaza a la libertad tan grande como el propio estado.

Pero esta postura no caracterizaba en modo alguno toda la tradición liberal antigua. Había otra tradición del liberalismo que no era necesariamente antirreligiosa y antitradicional sino más bien enfocaba su crítica de la coacción sólo contra el estado. Después de todo, es sólo el estado, no las instituciones religiosas, el que posee el poder crítico de atacar la vida y la libertad del individuo.

El grado en que la iglesia puede poner impuestos, es sólo a través del poder y autoridad legal sobre los que el estado posee el monopolio. Lo que es más, este otro sector del liberalismo no ve a la libertad como única razón de su existencia, sino más bien como un medio para lograr un fin moral superior.

¿Qué fuentes había disponibles que destacaran esta tradición liberal alternativa? No había muchas en ese momento. Fue en este periodo cuando Ralph Raico empezó a trabajar en su tesis. Dio en la diana con una amplia explicación de tres figuras enormemente importantes  en la historia del liberalismo para quienes era central en su pensamiento una orientación religiosa y un marco moral superior: el protestante francés Benjamin Constant (1767-1830), el católico francés Alexis de Tocqueville (1805-1859) y Lord Acton (1834-1902).

Los tres se distinguieron por:

  1. un antiestatismo constante,
  2. un aprecio por la modernidad y el comercio,
  3. su amor a la libertad y su identificación con los derechos humanos,
  4. una convicción a favor de instituciones sociales como iglesias y normas culturales y
  5. una creencia en que la libertad no es un fin moral en sí mismo, sino más bien un medio hacia un fin superior.

Más aún, estos pensadores son gente a la que los conservadores han tendido a reverenciar, aunque fuera tras su muerte, pero ¿han estudiado realmente su pensamiento para ver su radicalismo, su profundo amor a la libertad y su verdadero apego a la causa del antiguo liberalismo?

Raico ofrece una lectura pormenorizada de su obra en todos estos aspectos y demuestra que no necesita abrazarse el estatismo y que se puede ser un liberal consistente y completo en la tradición clásica y no ajustarse ni aproximadamente al estereotipo que los conservadores estaban creando entonces sobre los libertarios. La nuestra es una variada tradición de secularistas, sí, pero también de pensadores profundamente piadosos. Lo que les unía era una convicción de que la libertad es la madre y no la hija del orden.

Cuarenta años después, sorprende lo conmovedor que sigue siendo el tratado de Raico. Y es un hecho: los conservadores que estaban entonces atacando a los libertarios nunca leyeron este libro. Acaba de publicarse. Es lo que pasa con grandes libros, estudios clásicos como éste: sigue siendo tan poderoso y relevante hoy como siempre.

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4608.

Jeffrey Tucker es editor de Mises.org y autor de Bourbon for Breakfast: Living Outside the Statist Quo.

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Filed under liberalismo clásico, Reseñas de Libros

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