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NO ESTAMOS EN EL LADO GANADOR

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por Václav Klaus, Castillo de Praga, Septiembre 7 de 2012

Mont Pelerin Society Reunión General 2012

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POR QUÉ EL CAPITALISMO TIENE UN PROBLEMA DE IMAGEN

Charles Murray

WALL STREET JOURNAL: el autor examina los negros nubarrones que se ciernen sobre los negocios, la actividad económica y las empresas en los EEUU, y lo que los capitalistas pueden hacer al respecto. Una versión de este artículo apareció 28 de Julio de 2012, en “El ensayo de los sábados”, pág. C1 del WSJ. Charles Murray es Profesor WH Brady en el American Enterprise Institute, AEI. Ha escrito “Coming Apart: la condición de la América blanca, 1960-2010”.

Traducción y edición: Alberto Mansueti

Versión original: http://online.wsj.com/article_email/SB10000872396390443931404577549223178294822-lMyQjAxMTAyMDIwODAyODg3Wj.html

Para el ex Gobernador de Massachussetts, Mitt Romney, el controversial asunto de su pasantía en la Compañía Financiera Bain debería ser pan comido: ha sido un capitalista exitoso, y el capitalismo es lo mejor que le ha pasado a la raza humana en cuanto a su condición material. Y ya. Desde los albores de la historia hasta el s. XVIII, todas las sociedades existentes en el mundo fueron pobres excepto sus delgadas capas superiores. Después de eso aparecieron el capitalismo y la Revolución Industrial; y todo cambió a partir de entonces. Dondequiera el capitalismo triunfó posteriormente, la riqueza nacional comenzó a aumentar, y la pobreza a decaer. Dondequiera el capitalismo no se arraiga, la gente sigue pobre. Y donde el capitalismo es rechazado, la pobreza ha aumentado y sigue así.

El capitalismo ha levantado al mundo de la pobreza, porque brinda a la gente la oportunidad de hacerse rico creando valor, y cosechando las recompensas. ¿Quién mejor para Presidente de la mayor nación capitalista del mundo que un hombre que se hizo rico por ser un capitalista brillante?

Sin embargo, no ha funcionado así para el Sr. Romney. “Capitalista” se ha convertido en una acusación letal, un insulto. La destrucción creadora, que está en el corazón mismo de una economía en expansión, se ve ahora como un mal. Los estadounidenses, cada vez más parecen aceptar esa misma mentalidad que ha mantenido y mantiene a la mayor parte del mundo en la pobreza durante milenios: “Si te hiciste rico, es porque en el camino hiciste a otro más pobre”.

¿Qué fue lo que cambió el estado de ánimo de este país, antes famoso como ningún otro precisamente por celebrar el éxito económico de sus conciudadanos? Dos cambios importantes en las condiciones objetivas han contribuido a ello. Uno es el surgimiento del capitalismo “de amigotes” (en EEUU ‘crony capitalism’): la gente de arriba se cubre las espaldas, y se protege con sus “paracaídas dorados”, a expensas de otros, por ej. de los accionistas ordinarios de las compañías. Pero ese problema es trivial comparado con el clima de complicidad generado por el Gobierno. En el mundo de hoy, casi todas las operaciones de los negocios y de las empresas se afectan con los numerosos reglamentos dictados por los legisladores y los burócratas. E impuestos. Resultado: corrupción a escala masiva.

A veces la corrupción es al por menor, cuando una empresa se crea una ventaja para ella con la ayuda de reguladores o políticos que le conceden sus “asignaciones” (“earmarks”). A veces la corrupción es al por mayor, cuando se crea un potencial de beneficios para toda una industria entera, que no existiría si no fuese por los subsidios y las regulaciones: es el caso por ej. del etanol, usado como combustible para automóviles; o el caso también de las hipotecas a bajo interés, para gente que probablemente no las pagará nunca. En una u otra forma el capitalismo colusorio se ha hecho muy visible, y así se define cada vez más el “capitalismo” en la mente del público.

Otro cambio en las condiciones objetivas ha sido el surgir de muchas grandes fortunas rápidas, labradas de la noche a la mañana en los mercados financieros. Siempre ha sido cosa fácil para los estadounidenses aplaudir a quienes se enriquecen haciendo productos y servicios que el público quiere comprar masivamente; y por eso gente como Thomas Alva Edison y Henry Ford por ejemplos, fueron héroes populares hace un siglo, o como Steve Jobs, que murió el año pasado.

Pero es muy diferente cuando se hace una gran fortuna con decisiones inteligentes de compras y ventas en los mercados de papeles, operaciones que parecen tener olor a cosas como información interna privilegiada, misteriosos instrumentos financieros, oportunidades no accesibles a la gente común, y mucho “Abracadabra”. Si hay algún bien que estas personas hayan hecho en el proceso de hacerse ricas, es algo oscuro. Los beneficios generales para todos, devenidos como resultado de alguna mejor y más eficiente asignación de capital, causada o facilitada por este tipo de operaciones, son muchas veces reales, y enormes; pero también son harto difíciles de explicar de manera sencilla y persuasiva a la gente común. Para buena parte de la población, parece que estos nuevos ricos, tan fabulosamente ricos de repente, no han hecho nada bueno para merecerlo.

Los cambios objetivos en el capitalismo tal y como plausiblemente se practica, explican gran parte de la hostilidad hacia el sistema. Pero no explican la evidente falta de voluntad para defenderse de los ataques, por parte de los capitalistas que se vuelven ricos a la antigua: haciendo buenas ganancias en libre competencia, sin ayuda del Estado, en los mercados financieros o no financieros.

Personalmente atribuyo esa timidez a otras dos causas. Primero, muchos de los grandes capitalistas exitosos de hoy son gente de izquierda, y pueden pensar que su trabajo es legítimo, pero no sienten ninguna lealtad al capitalismo como sistema, ni parentesco alguno con los capitalistas en el lado de la derecha de la valla política. Segundo, estos capitalistas de izquierda se concentran en lo que más cuenta: sus negocios. ¿Y cuáles son? Resulta que los empresarios más visibles en la industria de alta tecnología son en su mayor parte de izquierda. Lo mismo ocurre con quienes dirigen las industrias del entretenimiento y las noticias. E incluso líderes de la industria financiera comparten cada vez más la política del millonario de izquierdas George Soros. Y si vemos los datos a partir de la recaudación de fondos para causas o campañas electorales, o de los candidatos que resultan electos al Congreso, y según los códigos postales de las áreas de residencia de quienes se involucran, resulta que las élites con más influencia en la cultura son gente que se avergüenza de ser capitalista; ¡y el efecto se nota en su trabajo diario!

Otro factor de gran importancia es la separación entre el capitalismo por una parte, y por la otra las virtudes morales. Históricamente, las ventajas de la libre empresa y las obligaciones del éxito logrado se entrelazaban las unas con las otras en nuestro catecismo nacional de EEUU. Por ej. las “Lecturas McGuffey”, que varias generaciones de niños estadounidenses leían, les traían montones de historias que encomiaban la iniciativa, el trabajo duro y el espíritu emprendedor, como nobles virtudes; tantas como también aquellas otras que alababan igualmente las virtudes del autocontrol, de la integridad personal, y del interés y preocupación por las personas que dependen de uno. Así de esta manera, la plena libertad de actuar, pero también la obligación ética de actuar de cierto modo y no de otro, se veían entonces como dos caras de la misma moneda americana. Pero muy poco de todo eso ha sobrevivido en nuestros tiempos.

Y no ha sobrevivido, porque para aceptar el concepto de “virtud”, se requiere creer firmemente que ciertas formas de conducta son correctas, y que las demás no lo son; y que eso es así siempre y en todas partes, de forma universal. Esa postura, que hoy es considerada como abiertamente judicativa (“juzgadora”), ya no es aceptable en muchas escuelas de los EEUU, ni en muchos hogares.

Por eso, con el relativismo Posmodernista, vemos el deterioro del sentido de “Mayordomía” (‘stewardship’), que alguna vez estuvo tan extendido entre los americanos de éxito. Y se ve la casi desaparición del sentido de decencia, que llevaba a los capitalistas exitosos a obedecer a ciertas pautas. Muchas personas importantes del mundo financiero se horrorizaban por lo que sucedía poco antes de la crisis de 2008; pero sin embargo estuvieron en silencio, antes, durante, y después de la catástrofe. Porque los capitalistas que se comportan de manera honorable y con reglas, ya no tienen ni la plataforma ni el vocabulario requerido para predicar sus normas, ni para condenar a los capitalistas que se conducen de modo deshonroso y temerario.

Así la reputación del capitalismo ha caído por el suelo, y su defensa en términos de principios debe ser rehecha, con urgencia. A menudo se ha hecho ya, y con brillantez, por ej. en uno de mis libros favoritos, “Capitalismo y libertad”, de Milton y Rose Friedman. Pero en el clima político actual, la reapertura del caso a favor del capitalismo, requiere el replanteamiento de viejas verdades, no todas las cuales siempre van a ser aceptadas por los estadounidenses en todo lo largo del espectro político.

Aquí está mi mejor esfuerzo, resumidamente:

Los EE.UU. fueron creados para alentar el desarrollo humano. El medio para ese fin era el ejercicio de la libertad, para cada quien, en la búsqueda de su propia felicidad personal. Y el capitalismo es la expresión económica de esa tal libertad. La búsqueda de la felicidad, habida cuenta de que definimos la felicidad en el sentido clásico, como la justificada y duradera satisfacción con la vida entera, depende por completo de la libertad económica, tanto como de otros tipos de libertad.

La felicidad, entendida como “La justificada y duradera satisfacción con la vida entera”, resulta de un conjunto relativamente pequeño de los logros importantes, los cuales con razón las personas podemos atribuir a nuestras propias acciones. Arthur Brooks, mi colega en el American Enterprise Institute, ha llamado a estos logros “el éxito ganado”. El éxito ganado puede llegarnos de un matrimonio exitoso, de hijos bien criados en un sano ambiente familiar, de una posición o lugar apreciado que uno obtiene en un una comunidad, por ej. una empresa comercial, una comunidad educativa o una iglesia. El éxito ganado también se deriva de los logros en el ámbito económico, sin duda; y aquí es donde entra en juego el capitalismo.

Hacerse uno la vida para sí y su familia a través de sus propios esfuerzos, sin depender del Gobierno, es la forma más elemental del éxito ganado. Iniciar un negocio con éxito, no importa su tamaño, es un acto de crear algo de la nada, que lleva a la persona mucho más allá de las satisfacciones que trae el dinero. Y encontrar un trabajo que no sólo paga las cuentas en casa, sino que también se disfruta, es un recurso de vital importancia para el logro del éxito ganado.

Ganarse la vida, iniciar un negocio y encontrar un trabajo que se disfruta, son cosas que dependen, estrecha y críticamente, de la libertad de actuar en el ámbito económico. ¿Puede el Gobierno hacer algo para ayudar? Por supuesto: establecer el imperio de la ley, el clima institucional necesario para que la gente pueda hacerse negocios de manera informada y voluntaria. Más formalmente, a través de la policía y los jueces, el Gobierno puede hacer cumplir enérgicamente las leyes buenas: contra el uso de la fuerza, el fraude y la connivencia criminal en los negocios, que establecen las responsabilidades por los daños que los transgresores causan a otras personas inocentes. Pero todo lo demás que el Gobierno hace, inevitablemente restringe y limita la libertad económica para actuar en la búsqueda del éxito ganado.

Como libertario creo que casi ninguna de esas restricciones se justifica. Pero pienso que para defender el capitalismo no se requiere la condición de ser libertario. Usted puede sostener que ciertas intervenciones del Gobierno se justifican, si reconoce esta verdad: toda intervención estatal que pone barreras para iniciar un negocio, encarece el hecho de contratar o despedir empleados y trabajadores, restringe el ingreso a las profesiones u ocupaciones, reglamenta las condiciones de trabajo, o con fines redistributivos confisca, en todo o en parte, las honestas ganancias ganadas en libre y abierta competencia, interfiere con la libertad económica. Y por lo general hace más difícil a los empleadores y empleados el éxito ganado en el orden del trabajo, los negocios y la economía.

Tampoco es necesario ser libertario para exigir que cualquier nueva ley o intervención cumpla con esta simple carga de la prueba: ¿logrará algo que no logren las leyes generales contra la fuerza, el fraude o la colusión criminal, y que establecen las pautas de responsabilidad consiguientes?

Personas de derecha, izquierda o centro pueden reconocer que estas numerosas intervenciones y demandas del Gobierno causan el mayor daño a los individuos y a las pequeñas empresas. Que todos los grandes bancos pueden, a un alto costo, hacer frente a las absurdas cargas reglamentaristas de la ley bancaria Dodd-Frank, pero que muchos bancos pequeños no pueden hacerlo. Que todas las grandes corporaciones pueden hacer frente a las innumerables y gravosas normas y fórmulas emitidas por la Administración de Seguridad y Salud en el Trabajo, la Agencia de Protección Ambiental, la Comisión de Igualdad de Oportunidades y Empleo, etc., y asimismo a las de todas las agencias homólogos a nivel de cada Estado de la Unión. Pero debe admitirse que todas esas mismas reglas y exigencias pueden aplastar a las pequeñas empresas, y las personas que intentan iniciar negocios. E igual es con los impuestos, y con las formas de evadirlos.

Por último, personas de derecha, izquierda o centro pueden reconocer que paso a paso durante el último medio siglo el estatismo ha producido un laberíntico sistema de reglamentación, unas leyes ordinarias acerca de responsabilidades totalmente irracionales, y un código fiscal abusivo y corrupto. Y que se requieren simplificaciones radicales y racionalización de todos estos sistemas, y que son posibles. Hasta los Demócratas moderados podrían aceptarlo, quizá en un ambiente político menos polarizado.

Para decirlo de otra manera: revivir un consenso nacional a favor del capitalismo como un elemento esencial de la vida americana, y de la relegitimación y legalización del capitalismo para que haga lo que mejor sabe hacer; esto es: crear la riqueza nacional, y reducir la pobreza, ampliando las capacidades de los estadounidenses para el éxito ganado en la búsqueda de la felicidad personal.

Revivir ese consenso nos obliga a recuperar el vocabulario de la virtud moral cuando hablamos de capitalismo. La integridad personal, un sentido de decencia y decoro, y la preocupación por quienes dependen de nosotros, no son valores mejores ni peores que otros. Pero históricamente han sido una parte integral en la versión americana del capitalismo. Se hace necesario recordar a las clases media y obrera que los ricos no son sus enemigos. Pero asimismo es necesario también recordarles a los de mayor éxito y riqueza, que sus obligaciones no se miden en términos de sus impuestos y nada más. Su mayordomía basada en principios puede nutrir y restaurar el patrimonio de la libertad; su indiferencia ante este patrimonio nacional, puede llegar a destruirlo por completo.

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¿Qué es el liberalismo clásico?

Por Ralph Raico. (Publicado el 16 de agosto de 2010)

“Liberalismo clásico” es el término empleado para designar la ideología que defiende la propiedad privada, una economía de mercado no intervenida, el estado de derecho, garantías constitucionales de libertad de religión y prensa y paz internacional basada en el libre comercio. Hasta alrededor de 1900, esta ideología se conocía simplemente como liberalismo. Ahora el calificativo habitual de “clásico es normalmente necesario, al menos en los países angloparlantes (pero no, por ejemplo, en Francia), porque el liberalismo se asociado ahora con amplias interferencias de en la propiedad privada y el mercado en búsqueda de objetivos igualitarios. Esta versión del liberalismo (si puede llamarse así) a veces se califica de “social” o (erróneamente) de “moderno” o “nuevo” liberalismo. Aquí usaremos liberalismo para significar la variedad clásica.

Aunque sus presupuestos fundamentales son universales, el liberalismo debe entenderse en primer lugar como una doctrina y movimiento que crece en una cultura característica y en particulares circunstancias históricas. Esa cultura (como reconoció más claramente Lord Acton) era el Occidente, la Europa que estaba o había estado en comunión con el Obispo de Roma. Su seno, en otras palabras, fue la sociedad humana particular que experimentó “el milagro europeo” (en expresión de E. L. Jones). Las circunstancias históricas fueron la confrontación de las instituciones y valores de libertad heredados de la Edad Media con las pretensiones del estado absolutista de los siglos XVI y XVII.

A partir de la lucha de los holandeses contra el absolutismo de los Habsburgos españoles, se siguió una política que manifestaba las vías básicamente liberales: el estado de derecho, incluyendo especialmente una firme defensa de los derechos de propiedad; tolerancia religiosa de facto; considerable libertad de expresión y un gobierno central de poderes severamente limitados. El asombroso éxito del experimento holandés ejerció un “efecto demostrativo en el pensamiento social europeo y gradualmente en la práctica política. Esto fue aún más cierto en el posterior ejemplo de Inglaterra. A lolargo de la historia del liberalismo, interactuaron la teoría y la realidad social, de forma que la teoría se estimulaba y refinaba mediante la observación de la práctica y los intentos de reforma práctica se realizaban en relación una teoría más adecuada.

En las luchas constitucionales inglesas del siglo XVII, una serie de personas y grupos mostraron trazos liberales significativos. Sin embargo un grupo aparece como el primer partido liberal reconocible en la historia: los Niveladores. Liderados por John Lilburne y Richard Overton, este movimiento de radicales de clase media reclamaba libertad de comercio y fin de los monopolios estatales, separación de iglesia y estado, separación de iglesia y estado, representación popular y límites estrictos incluso a la autoridad parlamentaria. Su énfasis en la propiedad, empezando con la propiedad del individuo a sí mismo y su hostilidad al poder del estado muestra la amalgama en los Niveladores y los Cavadores presocialistas era mera propaganda del enemigo. Aunque fracasados en su momento, los Niveladores constituyeron el prototipo  de una liberalismo radical de clase media que ha sido desde entonces una característica de las políticas de los pueblos de habla inglesa. Posteriormente ese mismo siglo John Locke creo la doctrina de los derechos natrales a la vida, a la libertad y al estado (al que colectivamente lo llama “propiedad”) en la forma en que se transmitirían, a través de los Whigs Reales del siglo XVIII hasta la generación de la revolución Americana.

Estados Unidos se convirtió en el modelo de nación liberal y, después de Inglaterra, en el ejemplo de liberalismo en el mundo. Durante buena parte del siglo XIX fue en muchos aspectos una sociedad en la que difícilmente se podía decir que existía el estado, como veían impresionados los observadores europeos. Las ideas liberales radicales se manifestaban y aplicaban por grupos como los jeffersonianos, los jacksonianos, abolicionistas y los anti-imperialistas de finales del siglo XIX.

Sin embargo, hasta bien entrado el siglo XX, la teoría liberal más significativa continuaba procediendo de Europa. El siglo XVIII fue particularmente rico en este aspecto. Un lugar común fue al obra de los pensadores de la Ilustración Escocesa, particularmente David Hume, Adam Smith, Adam Ferguson y Dugald Stewart. Desarrollaron un análisis que explicaba “el origen de estructuras sociales complejas sin la necesidad de proponer la existencia de una inteligencia directora” (en resumen de Ronald Hamowy). La teoría escocesa del orden espontáneo fue una contribución crucial al modelo de una sociedad civil básicamente autogenerada y autorregulada que requería la acción del estado sólo para defenderse contra la intrusión violenta en la esfera protegida de los derechos del individuo. Como lo expuso Dugald Steward en su Biographical Memoir of Adam Smith (1811), “Poco más es necesario para llevar a un estado a su máximo nivel de opulencia desde el más bajo barbarismo, salvo paz, bajos impuestos y una administración tolerable de justicia: el resto lo traerá el curso natural de las cosas. La fórmula fisiócrata, Laissez-faire, laissez-passer, le monde va de lui-même (“el mundo funciona por sí mismo”) sugiere tanto el programa liberal como la filosofía social en la que se basa. La teoría del orden espontáneo fue elaborada por pensadores liberales posteriores, principalmente Herbert Spencer y Carl Menger en el siglo XIX y F.A. Hayek y Michael Polanyi en el XX.

Una discusión entre liberales y seguidores de Burke y otros conservadores que en asuntos importantes están cerca del liberalismo se refiere a esta concepción central del liberalismo. Mientras que los liberales esperan normalmente que el mercado en su sentido más amplio (la red de intercambios voluntarios) genera un sistema de instituciones y costumbres que contribuyen a su continuidad, los conservadores insisten en que el estado debe ofrecer un apoyo indispensable más allá de la simple protección de la vida, la libertad y la propiedad, incluyendo especialmente el apoyo del estado a la religión.

Con la llegada de la industrialización, se abrió una gran zona de conflicto entre el liberalismo y el conservadurismo. Las élites conservadoras y sus portavoces, particularmente en Gran Bretaña, explotaron a menudo, las circunstancias del primer industrialismo para empañar el blasón liberal de sus oponentes de clase media e Inconformistas. Desde una perspectiva histórica, está claro que lo que se conoce como Revolución Industrial fue la forma en que Europa (y América) se ocuparon de una explosión demográfica de otra forma inabordable. Algunos conservadores se dedicaron a crear una crítica al orden de mercado, basada en su supuesto materialismo, falta de alma y anarquía.

A medida que  los liberales asociaron al conservadurismo con el militarismo y el imperialismo, apareció otra fuente de conflicto. Aunque una rama del liberalismo whig no se oponía a las guerras (en defensa propia) para fines liberales, aunque las guerras de unificación nacional ofrecían una importante excepción a la regla, en general el liberalismo se asociaba a la causa de la paz. El tipo ideal de liberalismo antibelicista y antiimperialista lo ofreció la Escuela de Manchester y sus líderes Richard Cobden y John Bright. Particularmente Cobden desarrolló un sofisticado análisis de los motivos y maquinaciones de los estados que llevaban a la guerra. La panacea propuesta por los manchesterianos era el libre comercio internacional. Desarrollando estas ideas, Frédéric Bastiat propuso una forma especialmente pura de la doctrina liberal que disfrutó de cierto aprecio en el Continente y, más tarde, en Estados Unidos.

Los defensores del liberalismo no son siempre coherentes. Es el caso cuando se dirigen al estado para promover sus propios valores. Por ejemplo, en Francia los liberales usaron las escuelas e institutos de financiación pública para promover el secularismo bajo el Directorio y apoyaron la legislación antirreligiosa durante la Tercera República, mientras que en la Alemania de Bismarck encabezaron la Kulturkampf contra la Iglesia Católica. Sin embargo, estos esfuerzos pueden verse como traiciones a los principios liberales y de hecho fueron evitados por quienes se reconocen como los más coherentes y doctrinarios en su liberalismo.

La base para una posible reconciliación del liberalismo y el conservadurismo antiestatista apareció después de la Revolución Francesa y Napoleón. Su mejor exponente fue Benjamin Constant, que puede ser considerado como la figura representativa del liberalismo maduro. Ante los nuevos peligros de un poder estatal ilimitado basado en la manipulación de las masas democráticas, Constant buscó amortiguadores sociales y aliados ideológicos donde pudieran encontrarse. Religión, fe, localismo y tradiciones voluntarias de un pueblo fueron valorados como fuentes de fortaleza contra el estado. En la siguiente generación, Alexis de Tocqueville desarrolló esta postura constantiana, convirtiéndose en el gran analista y opositor al creciente estado omnipresente y burocrático.

En los países de habla inglesa, la hostilidad de los conservadores antiestatistas se había exacerbado por un extremo énfasis en el papel de Bentham y los radicales filosóficos en la historia del liberalismo Sobre la libertad (1859) de J.S. Mill se desviaba realmente de la línea central del pensamiento liberal al contraponer al individuo y su libertad no simplemente al estado sino también a la “sociedad”. Mientras que el liberalismo del primer Wilhelm von Humboldt y de Constant, por ejemplo, veía a los cuerpos intermedios voluntarios como el resultado natural de la acción individual y como barreras bienvenidas al agrandamiento del estado, Mill buscaba separar al individuo de cualquier conexión con la tradición social generada espontáneamente y la autoridad libremente aceptada, como por ejemplo, en su afirmación en Sobre la libertad de que el jesuita es un “esclavo” de su orden.

Es al estado socialista al que el liberalismo clásico se opuesto más vigorosamente. El austro-estadounidense Ludwig von Mises, por ejemplo, demostró la imposibilidad de una planificación centralizada racional. Prolífico durante más de cincuenta años, Mises recuperó la filosofía social liberal después de su eclipse de varias décadas; se convirtió en el reconocido portavoz de la ideología liberal en el siglo XX. De entre los muchos estudiantes sobre los que Mises ejerció una influencia remarcable estaba Murray Rothabrd, que unió la teoría económica austriaca a la doctrina de los derechos naturales para producir una forma de anarquismo individualista o “anarcocapitalismo”. Al extender el ámbito de la sociedad civil hasta el punto de extinguir el estado, la postura de Rothbard parece el caso límite del auténtico liberalismo.

A menudo se contrapone el liberalismo clásico con un nuevo liberalismo social, que se supone que se desarrolla a partir de la variedad clásica alrededor de 1900. Pero el liberalismo social se desvía esencialmente de su denominación en su raíz teórica en que niega la capacidad autorregulatoria de la sociedad: se acude al estado para corregir el desequilibrio social in cada vez más ramificaciones. La alegación de que pretende preservar el fin de la libertad individual, modificando sólo los medios, es difícilmente justificable para los liberales clásicos y lo mismo puede decirse de la mayoría de las variedades del socialismo. De hecho, el liberalismo social puede distinguirse escasamente, teórica y prácticamente, del socialismo revisionista. Además, puede argumentarse que esta escuela de pensamiento no deriva del liberalismo clásico en el cambio de siglo, cuando, por ejemplo, se supone que se descubre el supuesto fraude a la libertad de contrato en el mercado laboral. El liberalismo social existe desarrollado al menos desde el tiempo de Sismondi y pueden encontrarse elementos de éste (bienestarismo) incluso en grandes escritores liberales clásicos como Condorcet y Thomas Paine.

Con el fin del proyecto socialista clásico, los liberales clásicos y los conservadores antiestatistas pueden estar de acuerdo en que es el liberalismo social contemporáneo el que ahora aparece como gran adversario de la sociedad civil. La preocupación política de los liberales clásicos es, necesariamente, compensar la corriente que actualmente lleva al mundo hacia lo que Macaulay llamaba “el estado devorador de todo”, la pesadilla que perseguía tanto a Burke como a Constant, Tocqueville y Herbert Spencer. Mientras las viejas peleas se hacen cada vez más obsoletas, los liberales y conservadores antiestatistas bien pueden descubrir que tienen más en común de lo que sus antecesores nunca entendieron.

Lecturas recomendadas

  • Acton, John. “The History of Freedom in Antiquity” y “The History of Freedom in Christianity”. En Selected Writings of Lord Acton, vol. 1, Essays in the History of Liberty, editado por J. Rufus Fears. Indianapolis, Ind.: Liberty Press, 1985.
  • Bramsted, E. K., and K. J. Melhuish. Western Liberalism: A History in Documents from Locke to Croce. London: Longman, 1978. Publicado en España como El liberalismo en occidente : historia en documentos (Madrid: Unión Editorial).
  • Hamowy, Ronald. The Scottish Enlightenment and the Theory of Spontaneous Order. Carbondale, Ill.: Southern Illinois University Press, 1987.
  • Pocock, J. G. A. “The Political Economy of Burke’s Analysis of the French Revolution”. En Virtue, Commerce, and History: Essays on Political Thought and History, Chiefly in the Eighteenth Century. Cambridge: Cambridge University Press, 1985.
  • Raico, Ralph. Classical Liberalism in the Twentieth Century. Fairfax, Va.: Institute for Humane Studies, 1989.
  • Stewart, Dugald. Biographical Memoir of Adam Smith. 1811. Reimpreso, Nueva York: Augustus M. Kelley, 1966.

Ralph Raico es miembro senior del Instituto Mises. Es profesor de Historia Europea en el Buffalo State College y especialista en la historia de la libertad, la tradición liberal en Europa y la relación entre la guerra y al aumento del estado. Puede estudiarse la historia de la civilización bajo su guía aquí: en MP3-CD y en casete.

Este artículo apareció originalmente en American Conservatism: An Encyclopedia, editada por Bruce Frohnen, Jeremy Beer y Jeffrey O. Nelson (Wilmington, Delaware: ISI Books, 2006), pp. 498-502.

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Una visión diferente del liberalismo clásico

 

Por Jeffrey A. Tucker. (Publicado el 2 de agosto de 2010)

Hace cuarenta años, el historiador Ralph Raico completó su tesis bajo la dirección de F.A. Hayek en la Universidad de Chicago. Su título oculta su poder e importancia: The Place of Religion in the Liberal Philosophy of Constant, Tocqueville, and Lord Acton. Ha sido publicada por primera vez por el Instituto Mises y no sólo para honrar a un gran historiador y pensador. La investigación que contiene resulta ser una importante contribución a la vida pública intelectual de los Estados Unidos de su tiempo. El asunto del que se ocupa (la revelación de una forma diferente de liberalismo temprano) tiene también implicaciones es nuestra propia época.

Remontémonos un poco en el tiempo y entendamos las discusiones que bullían en la década de 1960. La Guerra Fría estaba en plena ebullición. El conservadurismo, para el que la había desaparecido la defensa de la libre empresa después de la Segunda Guerra Mundial, ya había sido redefinido (o incluso definido) por medio de National Review para significar el apoyo al estado militar de EEUU en su lucha a vida o muerte con el comunismo extranjero. Aunque los jóvenes de hoy en día no saben prácticamente nada acerca de todo este periodo de la cultura política estadounidense, consumía todo el tiempo de casi todos los que vivieron entre 1955 y 1990.

Como explicó Murray Rothbard en Betrayal of the American Right, los conservadores declaraban estar a favor de la libertad, pero lo que realmente unía a las tropas era el asunto de la guerra contra Rusia y sus estados satélites. Aparecieron bibliotecas enteras de libros pretendiendo exponer la terrible amenaza soviética (fue mucho antes de que se conociera abiertamente la patética pobreza de estos países) y el objetivo de recortar el estado a favor de la libertad se quedó en el asiento trasero mientras los conservadores reunían a las tropas para una escalada nuclear y una acumulación militar aparentemente sin fin.

En ese momento había tres posturas políticas en competencia con la opinión conservadora. Estaban los demócratas belicistas, que constantemente favorecían la escalada militar y el aparato planificador keynesiano con un estado del bienestar en el interior. Estaba por supuesto la posición socialista de izquierdas, a favor de la expansión del estado de bienestar más la nacionalización de la industria, al tiempo que se oponía a la Guerra Fría, aunque era fácil tener la impresión de que este grupo no sólo estaba contra la guerra sino a favor del triunfo soviético. Por esta razón, a este grupo se le tachaba de antiestadounidense.

Para los verdaderos intelectuales, la gente que se oponía coherentemente al estatismo en todas sus formas, estaba el nuevo libertarismo creado por Murray Rothbard. Junto con sus seguidores, se oponía por igual al estado del bienestar de la izquierda como al belicismo de la derecha y defendían en su lugar una recuperación del viejo liberalismo de los jeffersonianos, potenciado enormemente por un riguroso aparato intelectual. Este conjunto resultó ser muy atractivo para el grupo inteligente que rechazaba tanto el nacionalismo ignorante como el belicismo ingenuo.

Este libertarismo probó ser un competidor factible del conservadurismo. En cada generación, los no izquierdistas serios sienten la necesidad de cambiar de bando. ¿Irían en dirección al conservadurismo o adoptarían el libertarismo radical de los rothbardianos y evitarían al estado y sus obras? Muchos estudiantes de entonces, opuestos a la Guerra del Vietnam y preocupados por el crecimiento del Leviatán en todas las áreas de la vida, optaron por el libertarismo.

Ése era el campo de batalla que afrontaba Raico a finales de la década de 1960. La discusión entre conservadores y libertarios era fundamentalmente acerca de la Guerra Civil, pero no era el único objeto de discusión. En cambio, los conservadores llegaron a caracterizar a los libertarios no sólo como equivocados estratégicamente sino como corruptos filosóficamente. ¿Y por qué? Porque habían heredado el secularismo, el anticlericalismo, la inmoralidad esencial y el antinomismo de la vieja escuela liberal de la Ilustración (una palabra que había que decir con aire despectivo).

Veréis, decían los conservadores, los libertarios imaginan un mundo de individualismo autónomo en el que la gente se mueve y hace lo que le da la gana, libre de las trabas de la religión y la moralidad y éste, creen, es el verdadero fin de la existencia. ¡La libertad y nada más es su grito de guerra! Los conservadores intentaban pintar así a los libertarios, con la brocha gorda de la generación hippy marginada, un sector de la Nueva Izquierda que hablaba vagamente de libertad al tiempo que rechazaba toda forma de autoridad social.

¿Era correcta la crítica? ¿Estaban verdaderamente los liberales de los siglos XVIII y XIX presagiando los hippies de la década de 1960 y necesitaban por tanto la fuerza correctora del conservadurismo para añadir la piedad y la apreciación de la tradición a su amor por la libertad?

La pequeña parte de verdad en este caso es que el antiguo partido liberal había aparecido en la edad de la Ilustración, cuando la libertad no sólo era algo que existía en ausencia del arrogante estado: era algo que requería eliminar los grilletes de la tradición, del control eclesiástico, de los límites morales impuestos por supersticiones del pasado.

Hasta cierto punto, esta tendencia en el viejo liberalismo encuentra su justificación en la relación demasiado cercana entre iglesia y estado en los antiguos regímenes de Europa; los liberales creían que debían ser combatidos ambos en nombre de los derechos de los individuos. Pero en otros casos hubo errores genuinos, como pasó con John Stuart Mill, quien por su parte imaginaba que la autoridad social era una amenaza a la libertad tan grande como el propio estado.

Pero esta postura no caracterizaba en modo alguno toda la tradición liberal antigua. Había otra tradición del liberalismo que no era necesariamente antirreligiosa y antitradicional sino más bien enfocaba su crítica de la coacción sólo contra el estado. Después de todo, es sólo el estado, no las instituciones religiosas, el que posee el poder crítico de atacar la vida y la libertad del individuo.

El grado en que la iglesia puede poner impuestos, es sólo a través del poder y autoridad legal sobre los que el estado posee el monopolio. Lo que es más, este otro sector del liberalismo no ve a la libertad como única razón de su existencia, sino más bien como un medio para lograr un fin moral superior.

¿Qué fuentes había disponibles que destacaran esta tradición liberal alternativa? No había muchas en ese momento. Fue en este periodo cuando Ralph Raico empezó a trabajar en su tesis. Dio en la diana con una amplia explicación de tres figuras enormemente importantes  en la historia del liberalismo para quienes era central en su pensamiento una orientación religiosa y un marco moral superior: el protestante francés Benjamin Constant (1767-1830), el católico francés Alexis de Tocqueville (1805-1859) y Lord Acton (1834-1902).

Los tres se distinguieron por:

  1. un antiestatismo constante,
  2. un aprecio por la modernidad y el comercio,
  3. su amor a la libertad y su identificación con los derechos humanos,
  4. una convicción a favor de instituciones sociales como iglesias y normas culturales y
  5. una creencia en que la libertad no es un fin moral en sí mismo, sino más bien un medio hacia un fin superior.

Más aún, estos pensadores son gente a la que los conservadores han tendido a reverenciar, aunque fuera tras su muerte, pero ¿han estudiado realmente su pensamiento para ver su radicalismo, su profundo amor a la libertad y su verdadero apego a la causa del antiguo liberalismo?

Raico ofrece una lectura pormenorizada de su obra en todos estos aspectos y demuestra que no necesita abrazarse el estatismo y que se puede ser un liberal consistente y completo en la tradición clásica y no ajustarse ni aproximadamente al estereotipo que los conservadores estaban creando entonces sobre los libertarios. La nuestra es una variada tradición de secularistas, sí, pero también de pensadores profundamente piadosos. Lo que les unía era una convicción de que la libertad es la madre y no la hija del orden.

Cuarenta años después, sorprende lo conmovedor que sigue siendo el tratado de Raico. Y es un hecho: los conservadores que estaban entonces atacando a los libertarios nunca leyeron este libro. Acaba de publicarse. Es lo que pasa con grandes libros, estudios clásicos como éste: sigue siendo tan poderoso y relevante hoy como siempre.

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4608.

Jeffrey Tucker es editor de Mises.org y autor de Bourbon for Breakfast: Living Outside the Statist Quo.

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